
-¡No hay peor ciego que el que no quiere ver!-
No querias, pero alcanzas a escuchar la frase gritada
mientras cierras la puerta, y menos que ojos, en ese
momento desearías no tener oídos. Ahora no podrás
sacarte de la cabeza la amonestación (advertencia,
acaso) omnisapiente y omnividente, pero ¡¿qué es lo
que hay que ver?!
Para ahuyentar la sensación de que todos observan lo
que tú no, cierras los ojos y miras para adentro, como
si de ese modo tu sensibilidad se afinara y pudieras
percibir la mancha de tizne, no en tu frente, sino ahí,
en tu corazón, a la vista de todos.
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